Hache, incondicional a la hora de los consejos informáticos y la cerveza en La Rambla, me avisó que es un efecto prácticamente automático. Él tiene la teoría de que el comportamiento de todo blogger se asemeja, en mayor o menor grado, a esos tratamientos de doce pasos para dejar los vicios. No voy a hablarles de eso ahora -aunque prometo pedirle a Hache que profundice- pero, sintéticamente, lo que él quiere decir es que todos los blogger pasan por determinadas instancias que se repiten sistemáticamente, de las cuales algunas tienen que ver con la euforia posteadora de los primeros días, otras con los comentarios y cómo se pasa del placer inicial a la eliminación, con posterior reincidencia, y las más críticas con el cuestionamiento completo sobre la naturaleza del blog, su necesariedad, el deseo de eliminarlo de nuestra vida, las cartas de despedida, etc.
No es mi caso, todavía no me cuestiono ninguno de esos puntos, soy muy novel en estas tierras virtuales y por ahora estoy más que contento con la cosecha, sin embargo puedo darme cuenta de que empiezo a transitar uno de los pasos que Hache me enumeró el pasado viernes, entre tapas y medianoche: quiero hablar del pasado, de las viejas épocas, se me está dando por nostalgia.
Tengo que confesar que a la hora de los recuerdos, a mí se me da por las comparaciones, al punto de que muchas veces soy como esos abuelos que insistían sin descanso en el "todo tiempo pasado fue mejor". Sabrán comprender entonces, ustedes lectores, este rapto que viene a continuación, que apenas pretende iniciar un debate sobre los cambios que nos depara este nuevo y todavía balbuceante milenio.
Hubo una época en la que Ed Wood era el peor director de cine. Ahora sus películas son de culto. Coca Sarli era grasa, ahora es bizarra. Vedettes de antes eran las Nélidas Lobato, las de ahora son María Eugenias Ritós. Antes, el Che Guevara era sinónimo de Revolución: ahora es un ícono del fashion, llevado en cientos de miles de remeras usadas mayormente por quienes apenas conocen su historia. ¿Se acuerdan de las pelotas pulpo? Baratas, de potrero de barrio, horribles, de pobre. Ahora, el último grito de la deco es ponerlas en palanganas en el centro del living. Mejor no preguntemos el precio. Pero, seamos sinceros, eso no es lo peor, la moda retro no es nada, es eso, moda y con suerte se nos pasará en unos pocos años. Hace no tantos años los que pedían nombres y apellidos era los torturadores y los que los daban, los quebrados o los traidores. En cambio, ahora son, respectivamente, los Políticamente Correctos y los Buenos Vecinos -o, para ponerlo más fácil los Superhéroes y los Flanders-. Los mismos que llaman legítima defensa al insulto e insulto a la opinión disidente, los que justifican la discriminación y la puteada igualándolas a performances de vanguardia, simple tanada, berrinche o SPM.
Soy conciente de que siempre hubo un García o un Barrientos dispuesto a vender a su madre con tal de zafar del castigo. Pero a la hora del recuerdo ellos son los buchones, los detestables. Los buenos siempre fuimos los otros 25 compañeros que nos comimos las 25 amonestaciones cada uno dispuestos a gritar a coro "fui yo", pero nunca a delatar al que le tiró el borrador por la cabeza a la de Geografía.
Pero los tiempos han cambiado y hay que adaptarse. Ninguna otra cosa podemos esperar de esta época en la que los límites se han borroneado tanto que algunos confunden latidos del corazón ajeno con pulsos de banda ancha, en la que parece que ser crítico es la meta de todo escritor, y nos olvidamos de que al verdadero escritor le importa un comino lo que de él dice la crítica.